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lunes, 14 de agosto de 2023

Oda al zurdo: décimas de Lufloro panadero

 



Escribo con mano izquierda

aunque mi letra esté horrible,

desastrosa, inentendible

y entre rayones se pierda.

Aunque la vida me muerda

la mano con la que escribo,

yo por nada le prohíbo

la libertad a mi mano,

pues sólo me siento humano

si torcidamente vivo.

 

En mi mano izquierda cabe

el calor, el alfabeto,

el temblor, el aire inquieto,

la caricia fuerte o suave.

El zurdo lleva la llave

para componerlo todo

y encontrar el acomodo

cuando el mundo se complica,

pues ser zurdo significa

ser derecho de otro modo.

 

Hoy me siento bendecido

de escribir con la siniestra,

mi caligrafía muestra

que he nacido retorcido.

Mis garabatos han sido

reflejo de mi figura,

y aunque no tengan moldura,

me descifro sin complejo

porque soy zurdo y festejo

la derechueca escritura.

 

Me gusta ser derechueco,

tener horrenda grafía

para bosquejar poesía

hasta quedar harto y seco.

Yo de chueco siempre peco

aunque ofenda al erudito

con la letra de mi escrito

que es tan fea como escroto,

así soy y no me azoto:

escribir mal es bonito.

 

Si ven mi caligrafía,

eviten meter cizaña,

pues no son patas de araña

las letras de mi poesía.

Mi mano jamás podría

trazar signos menos chatos,

así que sean sensatos

y no me pidan lo absurdo:

si ya saben que soy zurdo,

aguanten mis garabatos.

 

¿Tengo la letra cochina?

¡Soy tan zurdo como cerdo!

Y por ser porcino izquierdo

mi letra se desafina.

Esto no me desanima

ni me deja adolorido,

derechueco siempre he sido

y ser zurdo me recuerda

que el que escribe con la izquierda

sabe amar lo retorcido.

 

Derechuecamente vivo

con taches y rayaduras,

y con mis letras impuras

la torcida vida escribo.

Ser siniestro no es nocivo

ni me convierte en maltrecho,

más bien, estoy satisfecho

de escribir izquierdizado,

en eso vivo adiestrado:

y ser zurdo es mi derecho.



*para más décimas Lufloro Panadero

viernes, 11 de febrero de 2022

Engarce: un poema dedicado a las maestras

 



ENGARCE


a Silvio Rodríguez



La mano que lleva a un niño de la mano, lleva una llave
enciende el fuego al tacto, un sueño y una noche que

niega la hondonada, una en

la otra se aprende a caminar, a respirar.

Y va enlazada a un ramo.

 

La mano que ha plantado una mano en la suya siente

hundirse un aliento en el agua del día, da confianza de 

manos abrazadas, como el lugar donde se abre lo por decir,

lo por llegar. Y el que conduce es conducido.

 

La mano que lleva a un niño de la mano da un cuenco un

viento en ese cuenco y un viaje en ese viento donde

estallan banderas de colores y

bestias fabulosas comparten un camino

que comienza en un sitio de manos abrazadas.

 

La mano que lleva un niño de la mano fue a la cita en un lugar de

robustas memorias donde la mano que traga saliva era 

recuperada de la soledad.

Una en la otra. 

La mano que lleva a un niño de la mano no retrocede nunca.

 

Jorge Boccanera

sábado, 2 de mayo de 2020

Cuando acabe la pandemia



Cuando acabe la pandemia

Voy a hacer una gran fiesta
cuando la pandemia acabe
tocará una gran orquesta
de tambora de Guasave.

Cuando el “virus con corona”
ya no enferme y se haya ido
una reunión juguetona
haré con luz y sonido.

Invitaré a mis amigos,
a mis maestros y abuelos,
a los ricos y mendigos
para darles caramelos.

Romperemos mil piñatas
al compás de los payasos,
cantaremos serenatas
y nos daremos abrazos.


Nos hará bastante gracia
recordar como un microbio
nos encerró en nuestra casa
y nos dio bastante agobio.

Y cuando seamos ya viejos
contaremos los secretos
de este virus y consejos
recibirán nuestros nietos.

Mientras, presto mi atención
a Gatell y a mis papás:
manos lavo con jabón
y en el codo estornudar.